Desde los tiempos más remotos, el hombre ha grabado en las paredes de las cuevas y luego en tablillas de madera, arcilla o cera escenas que evocan reuniones festivas: siluetas que se mueven alrededor de un fuego o que cazan, que parecen bailar. Instrumentos rudimentarios, como flautas de madera, cuernos de reno o conchas, atestiguan el nacimiento de los sonidos y quizá de la primera música. A lo largo de los milenios, cada civilización ha establecido sus propias fiestas, grabadas en piedra o registradas en pergamino, para transmitirlas y desarrollarlas posteriormente: celebraciones civiles, paganas, religiosas o familiares para marcar el ritmo de la vida social.
En Haut-Béarn, este patrimonio ha perdurado desde los trovadores y Gaston Fébus hasta los poetas-cancionistas, y sigue expresándose en canciones, música, danzas y fiestas tradicionales.
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